viernes, 10 de diciembre de 2010

ANIMISMO EN LAS CUTURAS AFRICANAS. Autor: Luis Mª Cifuentes Pérez

EL ANIMISMO EN LAS CULTURAS AFRICANAS

La asociación Escuela Sansana, agradece la colaboración a su ilustre socio.

No puedo considerarme un especialista en el animismo y, menos aún, en el animismo africano, aunque debido a la amable invitación de la Asociación “Escuela Sansana” me permito ofrecer a ustedes unas reflexiones filosóficas al respecto.
Antes de entrar en el tema, vaya por delante una reflexión genérica sobre la condición humana y su íntima conexión con el animismo y la religión en todas sus formas. Cualquier conocedor de la prehistoria y todos los antropólogos culturales confirman el siguiente hecho; que uno de los primeros y más interesantes hallazgos de cualquier cultura humana son sus necrópolis y todo lo que en ellas se encuentra (monumentos funerarios, estatuas, regalos, pinturas etc.). Esa constante en la historia de la Humanidad nos revela que la condición mortal del ser humano y su deseo de sobrepasar de algún modo sus propios límites temporales constituyen algo esencial a la vida humana. La conciencia de la finitud humana es algo exclusivo del ser humano ya que es el único animal que sabe que vive y es consciente también de lo que significa la muerte, la de los demás y la suya propia. Por eso, todas las sociedades humanas se han planteado de diferentes modos su recuerdo de los antepasados y su relación con ellos.

El hecho de tener conciencia de la temporalidad humana y, como decía Unamuno, el deseo universal de inmortalidad, está en el origen de la mayoría de los ritos y mitos que impregnan la historia de las religiones y del animismo. Si los humanos somos mortales y los dioses son superiores a los humanos es porque poseen una cualidad inalcanzable a todos nosotros: la inmortalidad. Tanto en el animismo como en las grandes religiones del Libro (Judaísmo, Cristianismo e Islam) la divinidad siempre aparece dotada de una vida superior, de una vida eterna más allá de la caducidad de todos los seres vivos. La Naturaleza que se presenta a los ojos humanos como un entorno en el que aparecen y desaparecen numerosos seres vivos es para el animismo objeto de adoración en sus vegetales y en sus animales; de ahí que se puede hablar de “dendrolatría” y de “zoolatría” en todas aquellas culturas que adorna determinados árboles y algunas especies animales. Todavía hoy nos resulta sorprendente e incomprensible a muchos occidentales el hecho de que millones de hindúes adoren a las vacas y los consideren como animal sagrado e intocable. Las atinadas explicaciones que a este respecto hizo el antropólogo Marvin Harris desde un punto de vista materialista no son, sin embargo, suficientes para dar cuenta de todos los elementos que componen la visión hinduista del mundo y de la sociedad. Puede pensarse, por ejemplo, en el sistema de castas tan jerarquizado y rígido que todavía hoy se mantiene en la India.

Uno de los autores que más ha influido en la teorización del animismo ha sido el antropólogo británico Edward Tylor. Su principal obra, Primitive Culture, de 1871, sentó las bases conceptuales sobre este tema que posteriormente a lo largo del siglo XX fueron desarrollando la Antropología cultural, la Sociología de la religión y la Psicología del hecho religioso. La tesis principal de Tylor es que el animismo constituye el estadio primitivo de todas las religiones puesto que es una explicación del mundo basada en atribución de poderes sobrehumanos a fenómenos a plantas y animales que por alguna razón admiramos o tememos. Esta versión positivista del animismo y de las religiones tuvo en su época una gran influencia pues la filosofía positivista en la que se sustentaba. Según el positivismo de Auguste Comte (s.XIX) la religión sería sustituída progresivamente por la filosofía y posteriormente por las ciencias que lo explicarían todo y nos proporcionarían un dominio absoluto del universo.

Es fácil comprobar que esta visión de la historia no se ha cumplido en absoluto, puesto que en el mundo actual siguen existiendo multitud de creencias animistas y, lo que es más grave, muchos de los creyentes de las grandes religiones del Libro (Judaísmo, cristianismo e Islam) han ido derivando en los últimos años hacia posiciones fundamentalistas próximas al fanatismo y a la violencia. Creo que el animismo tiene al menos una ventaja sobre las religiones animistas; y es que siempre trata de buscar explicaciones armoniosas de los fenómenos naturales y de conciliar nuestro dolor con nuestra felicidad; en cambio, las grandes religiones monoteístas tienen un peligro evidente, porque intentar imponer a los demás su visión del mundo y su modo de entender la verdad, el bien y la felicidad. Y por eso me pregunto: ¿Por qué será que existe en nuestro castellano más antiguo aquella famosa frase de “me quiso hacer comulgar con ruedas de molino”?
Las críticas a la teoría del animismo de Tylor han provenido de la filosofía de la religión, así como de la sociología y de psicología. Tylor pensaba que lo esencial del animismo y de las religiones era su pretensión de ser una explicación del mundo; para él lo importante es que el animismo era la fase ingenua y primitiva de las religiones, dado que él defendía el evolucionismo cultural y una serie de constantes en toda la evolución cultural de la Humanidad. La atribución de vida psíquica a los minerales, rocas y plantas era para Tylor una fase previa a la creación de las grandes religiones, sobre todo las monoteístas. Todas pretenden ofrecer explicaciones de todos los enigmas de la realidad natural y de la historia y la sociedad humana.

Sin embargo, el evolucionismo cultural de Tylor no ha sido capaz de dar cuenta de muchos elementos sociológicos y psicológicos asociados a las religiones. Autores como Emile Durkheim y Marcel Mauss criticaron los fundamentos teóricos de Tylor por haber privilegiado únicamente el sentido intelectual y explicativo en las religiones, olvidando por completo los elementos sociales y psíquicos que son esenciales en el hecho religioso. Ambos sociólogos franceses mostraron mediante estudios empíricos cómo las religiones dan sentido a la vida de las personas y de las comunidades, dotan de un simbolismo sublime los ritos y las ceremonias colectivas y son políticamente muy importantes por su relación con el poder y por su contribución a la cohesión social. Solamente basta con pensar en la historia de España desde el siglo XV hasta el XX para comprender hasta qué punto la historia social, cultural y política de nuestro país estuvo condicionada por el catolicismo. Yo siempre he dicho que el teatro occidental fue una creación griega, pero quien lo heredó y quien mejor lo conservó hasta nuestros días fue la Iglesia católica. Sus ceremonias, sus ritos, su música y todas las artes escénicas que en Europa ha creado la cultura católica desde la Edad Media hasta hoy son de un extraordinario valor social y simbólico. Baste un ejemplo entre miles. Antes de que se inventara la imprenta en Europa, las vidrieras de las catedrales católicas medievales ya sirvieron de escenario visual lleno de colorido para explicar todas escenas de la Biblia. Fueron un libro en viñetas, unas secuencias cinematográficas aptas para todos los públicos.
Otra crítica que se ha hecho desde la Filosofía a las teorías de Tylor sobre el animismo se basa en que las grandes religiones del libro (Judaísmo, Cristianismo e Islam) no son, en absoluto, la etapa siguiente del animismo. Estas grandes religiones constituyen lo que Gustavo Bueno ha llamado “religiones circulares” frente a las tradiciones animistas que se denominan “religiones angulares”. Las religiones circulares se basan en que los seres humanos han creado a los dioses a su imagen y semejanza; mientras que las religiones angulares, como el animismo, han creado a los dioses a imagen y semejanza de los animales; es decir, que son ante todo una “zoolatría”. Parece bastante obvio que el cristianismo ha sido uno de los mayores intentos de la racionalidad humana por superar la antítesis entre lo humano y lo divino, al inventar nada menos que la figura de Jesucristo, un Dios-Hombre que vivió como Hombre-Dios en la época del Imperio de Augusto y que murió para resucitar poco después. ¿Puede haber una mayor contradicción entre lo humano y lo divino, entre la historia y la eternidad? ¿Puede haber alguien que pueda comprender racionalmente esa cuadratura del círculo?
Pero volviendo al tema del animismo, quiero ir terminando esta pequeña disertación, criticando a Tylor por su visión demasiado etnocéntrica de la religión al haber adoptado una posición de científico occidental que le impedía ver sin prejuicios las demás culturas. A lo largo del siglo XX los numerosos estudios antropológicos han ido mostrando que las tradiciones animistas no han desaparecido por la convivencia con las grandes religiones que los colonizadores europeos exportaron a muchos países del mundo. En África, en América, en Asia y en Oceanía los cristianos europeos que conquistaron tantos territorios con la espada y con la cruz, no lograron aniquilar todos los elementos tradicionales de las culturas indígenas, aunque en muchas ocasiones lo intentaron.
A este propósito, quiero contaros una anécdota que viví en un Congreso de Filosofía al que asistí en enero de este año en la Ciudad de México; un profesor mexicano de la UNAM estaba analizando la polémica entre dos teólogos españoles del siglo XVI (Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas) a propósito de si los indios eran bárbaros o no. En un momento de su intervención hizo una reflexión en voz alta no exenta de ironía hablando del tema del canibalismo que se practicaba en algunos pueblos indígenas. Si tanto les asustaba esto a los conquistadores españoles, ¿Por qué los misioneros españoles obligaban a comer a los indios el cuerpo de Cristo en sus misas católicas? ¿Eso ya no es canibalismo ni antropofagia? Me imagino a aquellos indios americanos asustados e incrédulos, poco menos que alucinados, cuando los españoles les aseguraban que la hostia y el vino se habían convertido en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Los antiguos filósofos llamaban escolios a las conclusiones finales y yo voy a terminar con una serie de reflexiones sobre Burkina Fasso. Como todos ustedes saben, Burkina Fasso es una antigua colonia de Francia denominada Alto Volta; se llama así a este país africano desde que en 1960 consiguió su independencia. Su nombre significa en las lenguas indígenas de ese país “patria de los hombres íntegros”. En ese país, según algunas estadísticas, el 50% de la población son musulmanes; del resto, un porcentaje importante podría ser englobado en lo que se denomina las tradiciones animistas africanas. Ignoro cuántos habitantes de Burkina Fasso profesan el cristianismo en algunas de sus formas. Quizás en el Vaticano estén mejor informados que yo, pero no dispongo de contactos importantes con el Estado-Ciudad más pequeño del mundo ni con sus fuentes de información.

Quiero terminar este pequeño viaje por el animismo, recordando mi vieja ilusión juvenil de convertirme algún día en antropólogo cultural. Para ello todos ustedes ya pueden ir pensando en organizar una expedición a Burkina Fasso con el fin de analizar su cultura, sus lenguas, sus tradiciones animistas y sus instituciones sociales y políticas. Por mi parte, ya he comenzado a repasar mi francés semioxidado y a preparar mi cuaderno de bitácora para no perderme por el continente africano.
Nos vemos en la próxima estación, en la Escuela Sansana.
Un abrazo de Luis María Cifuentes, explorador sin fronteras.

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